A raíz del confinamiento que produjo el COVID-19 en el mundo, la telesalud ha crecido de manera exponencial. El pasaje de los tratamientos médicos por vía virtual alcanzó una gran masividad, a tal punto que se espera un crecimiento anual del 20 % entre 2019 y 2023, según la consultora Frost & Sullivan.

En medio de la pandemia, la medicina tuvo que acomodarse a comunicar los datos de pacientes de manera remota e inalámbrica, a la par del aumento de dispositivos portátiles sobre la monitorización de la salud de las personas (como los relojes inteligentes). Así, por ejemplo, una startup consiguió desarrollar un sistema de monitoreo de signos vitales a través del análisis del flujo sanguíneo de las mejillas, utilizando las cámaras de los teléfonos inteligentes.

Con respecto a sus ventajas, la tecnología non-contact no necesita que pacientes y doctores interactúen personalmente, sino que los sensores sin contacto pueden simplificar el análisis del estado y la detección de problemas (fiebre, tos, etc.). Del mismo modo, este tipo de tecnología puede acoplarse con los teléfonos inteligentes a través de aplicaciones, lo que implicaría un mayor y mejor control.

En un estudio sobre la población de Estados Unidos, el Centro de Investigación Pew demostró que casi el 80% de los habitantes tiene un smartphone y, por tanto, es posible madurar una fase de monitoreo remoto de pacientes en dos o cuatro años.

Del mismo modo, este desarrollo de la telesalud también podría avanzar sobre análisis de infrarrojos y sonidos, y del aprendizaje automático. El sistema de cuidados buscado se basa en la prevención de resultados negativos, donde el aprendizaje permitirá una mayor eficiencia en la labor en la medicina.

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